Uno de los aspectos más complejos y menos visibilizados
durante la implementación del Fondo de Aportaciones para la Infraestructura
Social para Pueblos Indígenas (Faispiam) en su ejercicio 2025 fueron los
señalamientos en contra de los denominados Servidores de la Nación. Ya que, en
diversas comunidades originarias, se denunció que estos operadores
gubernamentales asumieron funciones de control político, conducción de
asambleas y toma de decisiones que correspondían de manera exclusiva a los integrantes
de las Comunidades Originarias. Y es que, si bien el diseño original de esta
política pública se presentó formalmente como una estrategia para consolidar la
autonomía y la libre determinación de los Pueblos Indígenas, la práctica en el
territorio evidenció contradicciones estructurales, donde las deliberaciones
comunitarias fueron delimitadas y dirigidas por el personal de la estructura
federal.
La principal inconformidad radicó en la intervención
operativa de los funcionarios durante las asambleas, pues, de acuerdo con los
testimonios recabados en múltiples regiones, los Servidores de la Nación se
encargaron de emitir las convocatorias, coordinar los debates, validar los
acuerdos finales y lo verdaderamente grave: orientar las votaciones hacia
proyectos específicos. Este dinamismo limitó la capacidad de discusión libre y
la definición de prioridades con base en los usos y costumbres de cada
localidad. Ante ello, las comunidades manifestaron que las reuniones se
percibían como procesos preconfigurados y carentes de debate interno, donde, en
ciertos casos, los habitantes enfrentaban presiones institucionales para aprobar
con celeridad minutas y formatos previamente estructurados por las dependencias
federales.
Asimismo, esta dinámica generó fricciones con las
autoridades tradicionales de los Pueblos Indígenas, habiendo casos donde los
Servidores de la Nación desplazaron las atribuciones de comisariados ejidales,
consejos de ancianos y representantes comunales legítimos. Los reportes indican
que los empleados federales determinaban la validez de las actas y regulaban el
uso de la palabra, lo cual fue interpretado por las Comunidades como una
invasión a su autonomía y un desconocimiento de sus estructuras organizativas
históricas; esta situación evidenció la contradicción de implementar políticas
de descentralización y autogobierno a través de un aparato burocrático
centralizado.
A las quejas por la sustitución de liderazgos se sumaron
acusaciones de carácter político y clientelar en el manejo de los padrones y de
los recursos económicos del Fondo, al señalar que algunos operadores utilizaron el programa
para la promoción partidista y el condicionamiento informal de la obra pública.
Además, la selección de proyectos como caminos, redes de agua potable y electrificación
estuvo influenciada por los criterios de viabilidad que dictaban los propios
funcionarios, quienes favorecían aquellas obras con mayor visibilidad política.
Esta intervención técnica colocó a las Comunidades en una situación de
dependencia absoluta debido a la complejidad de las reglas de operación y los
trámites administrativos indispensables para acceder a los recursos
presupuestales.
Ante la falta de mecanismos institucionales claros para
denunciar las irregularidades, los beneficiarios manifestaron temor a sufrir
represalias, tales como la exclusión de futuros programas sociales o el retraso
en la entrega del presupuesto para sus comunidades.
Para el periodo 2026, las áreas de oportunidad se centran en
limitar la participación de los Servidores de la Nación al acompañamiento técnico,
fortalecer las contralorías comunitarias independientes y establecer protocolos
rígidos que garanticen el respeto a los tiempos y sistemas normativos de las
comunidades indígenas; Las Asambleas ya han iniciado a lo largo y ancho del
país, de momento, todavía se respira un ambiente de incertidumbre ante la falta
de difusión del propio Fondo entre las Comunidades, y ya no digamos en sus
lenguas, no hay promoción para la realización de las asambleas y quien no está
adentrado en los temas relacionados con los Pueblos Originarios, incluso,
desconoce la existencia del Faispiam, en realidad, parece que ocurre que, quien
tiene el conocimiento, tiene el poder.
Aunque aclaro que lo anterior no justifica que la ciudadanía
y los integrantes de los Pueblos, no tengan la obligación de informarse, la
crítica radica en que no todas las personas tienen las mismas herramientas para
acceder al conocimiento y a la información, este derecho humano que no termina
de cubrir y abrazar a todas las personas,
distancia al ciudadano de a pie, de los programas federales que pueden impulsar
su desarrollo, y si encima de eso, los funcionarios no respetan los sistemas
normativos de la Comunidad, estamos colocados en un sistema que continúa
haciendo a un lado a unos, y privilegiando a otros.
A propósito de no hacer a un lado a otros… El debate
jurídico y social en torno a la denominada "Ley Vicente", comienza a
colocarse en los principales temas de conversación, ya que aborda un tema
sensible sobre los procesos de custodia infantil en México, y cuestiona que
sean las mujeres, quienes tengan un mayor peso legal, para quedarse con los
hijos, tras una ruptura de pareja.
Lo que comenzó como el dolor de un padre en Mexicali cuando
su hijo de nombre “Vicente”, de tres años de edad, falleció tras permanecer más
de doce horas dentro de un vehículo, luego de que presuntamente su madre, Roxana
“N”, lo dejó ahí después de llegar de una fiesta familiar para que siguiera
durmiendo en el auto; sin embargo, con el paso del tiempo, a la mujer se le
olvidó que el niño seguía en el vehículo. De esa tragedia nació una
movilización que hoy cuestiona algo que los tribunales familiares mexicanos
rara vez se cuestionan a sí mismos: si sus criterios para otorgar custodias
provisionales son técnicos o simplemente tradicionales.
La propuesta plantea evaluaciones psicológicas y
toxicológicas previas a cualquier resolución, revisión integral del entorno
familiar y custodias sin presunciones automáticas de género, y sus simpatizantes
argumentan que los jueces requieren herramientas técnicas adicionales para
evaluar riesgos psicológicos y de seguridad integral del menor, y no solamente
ceder la custodia ante las inercias de género en el sistema familiar.
Por otro lado, especialistas y juristas advierten sobre
riesgos operativos como la sobrecarga en juzgados familiares y el impacto
presupuestal de exigir peritajes, psicólogos y trabajadores sociales obligatorios.
Asimismo, colectivos feministas señalan el riesgo de instrumentalización para
minimizar contextos de violencia de género, mientras que otros expertos
cuestionan la constitucionalidad de aplicar pruebas toxicológicas sin indicios
previos.
Hasta el momento, la iniciativa es sólo una propuesta
ciudadana y de agenda pública en Baja California, pero esta discusión comienza
a tener una tendencia nacional que trasciende el caso particular y cuestiona
los criterios para determinar custodias provisionales, la existencia de sesgos
en los tribunales y los límites de la intervención del Estado en la vida
privada para garantizar el interés superior de la infancia.



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